Mirar la política de la Patagonia es siempre asomarse a un laboratorio de fracturas expuestas, y lo que ocurre hoy en Río Negro es una muestra gratis de ese teatro de tensiones. El matrimonio por conveniencia entre Alberto Weretilneck y Pedro Pesatti, que alguna vez fue la columna vertebral de Juntos Somos Río Negro, ha ingresado en una fase de divorcio litigioso e irreversible. Pesatti, un dirigente que se autopercibe como el custodio del fuego ideológico y federal de la provincia, no digiere el veto explícito del gobernador a sus aspiraciones para el Senado de la Nación; un portazo que el vicegobernador decodificó no como una mera astucia táctica, sino como una proscripción encubierta a su pensamiento. Hoy, la convivencia en Viedma es un decorado de formalidades vacías: Pesatti habita la presidencia de la Legislatura como un exiliado interno, denunciando con sordina una supuesta deriva extractivista en la gestión de Weretilneck y desmarcándose de un rumbo económico que juzga ajeno a la identidad rionegrina.
En este juego de espejos y resentimientos, la política (que aborrece el vacío) empezó a trazar puentes hacia el norte de la provincia, más precisamente hacia el búnker de María Emilia Soria en General Roca. La intendenta, que camina con el traje de candidata a la gobernación ya confeccionado, ha tendido hilos invisibles que Pesatti no dudó en recoger con indisimulado entusiasmo, que parece obsecuencia. Apelando a su vieja matriz justicialista y a la memoria reverencial de Carlos «El Gringo» Soria, el vicegobernador convalidó públicamente este acercamiento bajo la elegante excusa de sentarse a discutir «un proyecto de provincia» y no un simple reparto de candidaturas. Es la picardía clásica del herido que busca refugio y volumen político en el territorio del enemigo de su enemigo, agitando el fantasma de una gran confluencia peronista.
La última acción del ahora desdibujado vice, fue una larga y sentida editorial, donde Pesatti habló sobre «El presente», Keynes y la finitud humana. En lo que parece un intento desesperado por llamar la atención en medio de un escenario donde su figura perdió centralidad desde hace tiempo. Muchas veces en política, cuando alguien escribe con tanta solemnidad sobre el sentido de la vida, lo que está intentando explicar es otra cosa: su propia irrelevancia. Necesita diferenciarse constantemente, incluso al costo de erosionar al propio gobierno del que forma parte.
No se trata ni de Keynes ni de filosofía existencia, sino de la necesidad permanente de sobreactuar volumen político. Editoriales kilométricas. Reflexiones grandilocuentes. Señales ambiguas hacia el Gobierno nacional. Guiños discursivos hacia sectores opositores. Movimientos cuyo único hilo conductor parece ser el mismo: despegarse de todo aquello que no le garantice continuidad personal.
La política tiene algo de tragedia para quienes no aceptan el paso del tiempo. Muchos dirigentes confunden centralidad pasada con vigencia permanente. Entonces empiezan a escribir más, a hablar más, a sobreactuar profundidad, como si la densidad retórica pudiera reemplazar el peso real dentro de la toma de decisiones.
Tal vez allí radique el verdadero sentido de la editorial de Pesatti. No en el presente de los rionegrinos, sino en su propio presente político. Un presente incómodo para alguien que supo ser una figura gravitante y que hoy parece obligado a producir hechos discursivos para seguir siendo observado (aunque aún no sabemos cuanto lo leen al vice).

























