El proyecto se llama Robando Sonrisas y arrancó en 2015, después de que un incendio quemara la casilla de madera de una madre soltera del pueblo. Diego se ofreció a hacer la instalación eléctrica de la nueva vivienda que los vecinos levantaron para ella, y de esa ayuda solidaria surgió la idea de sostener algo permanente. Encontraron en las bicicletas la forma perfecta de seguir dando una mano: apenas un vehículo para muchos, pero la libertad y la primera pedaleada para un pibe que nunca tuvo la suya.

Once años después, el conteo llega a casi 900 bicicletas entregadas en 14 localidades rionegrinas —la número 900, de hecho, llegó como donación desde Ushuaia—. La movida ya excede a la pareja fundadora: se sumaron Hugo y Mirta, los padres de Diego, que ponen a disposición los repuestos usados de su bicicletería, además de familiares y vecinos que colaboran todo el año. «Somos seis personas las que estamos activamente con esto», contó Diego a TN, orgulloso de compartir la tarea con su papá de 76 años y con su hijo de apenas tres.
Robando Sonrisas no es una ONG ni recibe un peso de financiamiento externo: todo se sostiene con donaciones y la buena voluntad de quienes arriman una mano. Las redes sociales funcionan como el nexo entre el vecino que tiene una bici olvidada en el patio y la familia que sueña con una para sus hijos. Sin subsidios, sin estructura y sin cobrar nada a cambio, la dupla de Huergo sigue sumando historias de chicos de todo el Alto Valle y más allá que, gracias a ellos, arrancan a pedalear por primera vez.

























