Ubicada en el corazón del Alto Valle de Río Negro, General Roca es una de las ciudades más importantes de la Patagonia argentina. Con una población que supera los 130.000 habitantes según el último censo, y un crecimiento demográfico constante, se extiende sobre un paisaje de chacras, canales de riego y montes de álamos que le dan su identidad frutícola y productiva.
A poco más de 40 km de Cipolletti y a 50 km de Neuquén capital, Roca es un punto clave de conexión regional. En el papel, se presenta como una ciudad moderna, con universidades, centros médicos de referencia, vida cultural activa y un sector comercial en expansión. Gobernada actualmente por María Emilia Soria, e integrada políticamente al espacio político de Cristina Fernández de Kirchner, la ciudad está bajo el control de una misma familia del peronismo desde hace más de 20 años. Primero Carlos Soria, luego su hijo Martín, y ahora su hija Emilia: una dinastía política que nunca perdió el poder municipal en lo que va del siglo.
Sin embargo, esa continuidad política no parece haber dado soluciones sostenibles a uno de los problemas más visibles —y audibles— de la ciudad: el caos urbano. MIRA EL VIDEO ACA: UNA TARDE CUALQUIERA EN ROCA
El casco céntrico, especialmente en horarios pico, se transforma en un campo de batalla sonoro. Ruidos de motos sin escape, bocinazos constantes, vehículos mal estacionados, picadas a plena luz del día, deliverys circulando en contramano y patrulleros que parecen invisibles ante estas infracciones forman parte de una postal cotidiana.
Y cuando cae la noche, la situación empeora: los semáforos quedan intermitentes en la mayoría de las esquinas, convirtiendo cada cruce en una ruleta rusa. Las motos siguen circulando a gran velocidad, sin luces, sin casco y sin frenos. Es el momento ideal para la anarquía, y la ciudad parece entregarse sin resistencia al descontrol.
“Hace meses que no puedo dormir bien. A las tres de la mañana siguen pasando motos como si estuvieran en una carrera. Nadie controla nada”, cuenta Estela, vecina de calle Isidro Lobo.
“Yo tuve que vender mi bici porque ya no me animo a andar. Te pasan a centímetros, no respetan semáforos ni cordones. No hay reglas”, dice Gustavo, que vive en 25 de mayo a metros de Avenida Mendoza.
El paralelismo con Bangladesh, aunque suene exagerado, no es gratuito. Bangladesh es uno de los países más densamente poblados del mundo, con más de 170 millones de habitantes en una extensión similar a la provincia de Tucumán. El ruido, el caos vehicular, la informalidad del tránsito y la falta de control estatal son algunas de sus marcas registradas. Y es precisamente eso lo que se empieza a percibir cada vez más en el centro roquense.
Lo más alarmante es que este escenario no es nuevo, ni impredecible. Los reclamos vecinales se repiten año tras año. Las quejas por el ruido de escapes libres, por la velocidad en calles céntricas, por la inseguridad vial, y por el incumplimiento de las normas básicas de convivencia urbana son sistemáticamente ignoradas. Las autoridades parecen haber naturalizado esta forma de caos como parte del «paisaje sonoro» de la ciudad.
¿Hasta cuándo se puede sostener esta idea de que “no pasa nada”? ¿Qué tiene que pasar para que el Estado municipal o provincial tome medidas concretas? ¿Hace falta que ocurran más accidentes? ¿O que la ciudad se termine pareciendo, de verdad, a una megaurbe asiática sin normas?
General Roca no es Bangladesh. Pero a veces se le parece demasiado.

























