Una mujer, cuya identidad se mantiene en reserva, ha roto el silencio para denunciar públicamente y con detalles escalofriantes el infierno de violencia de género que vivió con su expareja, el policía Mariano Hugo Ñancuán. La víctima relató una relación marcada por el maltrato físico, psicológico y un intento de femicidio que la dejó con una fractura en el pie.
El calvario, según el relato, tuvo su punto cúlmine el 17 de mayo, tras una reunión social. La mujer describe cómo la violencia escaló a partir de celos y manipulación. Ñancuán la habría obligado a subir a su auto tras un pedido de separación y comenzó un viaje de terror: manejaba como un loco, gritándole e insultándola delante de sus hijos, incluso haciendo maniobras peligrosas para chocar a otros vehículos.
La víctima logró escapar del auto en un semáforo y pedir ayuda, pero Ñancuán la alcanzó y la llevó a su casa. El clímax de la violencia ocurrió en la habitación: el policía, parado al pie de la cama, tomó su pistola reglamentaria y, al escuchar el deseo de ella de terminar la relación, le dijo: «¿¡Ah me queres dejar!?”. En ese momento, comenzó a revolear el arma, la cual se disparó, hiriéndola en el pie y causándole una fractura. La víctima afirma: «el disparo fue en el revoleo y me podría haber pegado en cualquier lado y matarme, pero gracias a Dios estoy acá».
Inmediatamente después del disparo, la mujer denuncia que comenzó el intento de manipulación: Ñancuán la soltó, se tiró al piso y le suplicó que no lo denunciara, diciéndole: “Me voy a quedar sin trabajo, me van a quitar a mis hijos, voy a ir preso si me denuncias». La víctima, en estado de shock y perdiendo mucha sangre, relata que el policía y un amigo del victimario uniformado que llegó luego “armaron una mentira” que ella se sintió obligada a repetir. «Me manipularon totalmente. Me tuvo hora y media perdiendo sangre en mi casa, siendo Policía», denuncia.
Tras lograr ser trasladada a la clínica y luego al hospital, pudo hacer las denuncias. Sin embargo, su tormento no cesó. La mujer asegura que el policía inventó que ella era «drogadicta» y que la familia de él habría inventado que fue ella quien agarró la pistola y que esta se disparó en el forcejeo, algo que las pericias criminalísticas, según afirma, desmentirían.
La mujer lamenta que su agresor, a pesar de las graves acusaciones y de haber roto la restricción perimetral («la 3040») dos veces, nunca habría estado detenido ni medio día preso. Además, denuncia un posible «encubrimiento de compañeros/colegas» en la fuerza policial.
Hoy, la víctima afirma vivir en un “propio infierno” de estrés postraumático y depresión, debiendo dejar su trabajo y sus estudios. La mujer concluye con desesperación: «Él hoy hace su vida normal, pero a mí me dejó muerta en vida y yo pido justicia porque parece que tienen que matarnos para que la haya».

























