Río Negro ha dado un paso definitivo para convertirse en el nuevo corazón energético del país. Tras la firma de un acuerdo de estabilidad fiscal por 30 años entre el gobernador Alberto Weretilneck y el CEO de YPF, Horacio Marín, se puso en marcha el proyecto del poliducto. Esta obra estratégica se suma al oleoducto VMOS y al gasoducto de Southern Energy, conformando un sistema de tres grandes ductos que transportarán líquidos de gas natural, como propano, butano y gasolina, hacia el puerto de Sierra Grande.
El proyecto, que requiere una inversión de 8.000 millones de dólares, no solo tiene implicancias locales sino también una fuerte carga geopolítica. La licitación de los materiales ya genera tensiones internacionales, con empresas de India y China compitiendo directamente contra la nacional Techint bajo la atenta mirada de los Estados Unidos. Mientras el gobierno nacional prioriza la reducción de costos en la que las firmas extranjeras parecen llevar ventaja, diversos sectores industriales advierten sobre el impacto negativo que esta decisión podría tener en el empleo especializado de la industria metalúrgica argentina.
Sin embargo, el entusiasmo oficial convive con miradas críticas dentro del propio esquema de gobierno. El vicegobernador Pedro Pesatti ha liderado una postura cautelosa frente al modelo meramente extractivista. Para el dirigente viedmense, es fundamental que la provincia no se limite a ver pasar los recursos hacia el exterior, sino que se busquen mecanismos para industrializar parte de esa producción en suelo rionegrino. Esta visión apunta a transformar la «fiebre exportadora» en una oportunidad para generar valor agregado y multiplicar las fuentes de trabajo genuino más allá de la logística portuaria.
En el plano ambiental, la resistencia también se hace sentir a través de organizaciones como Sucio Gas. La preocupación central radica en el funcionamiento de los buques licuefactores en el Golfo San Matías, que requieren grandes volúmenes de agua marina para su refrigeración. Según denuncian, la devolución de agua con alta salinidad y componentes químicos, conocida como salmuera, podría alterar de manera irreversible el ecosistema y la biodiversidad marina de la zona, lo que plantea un desafío para las licencias sociales del proyecto.
Finalmente, el factor político juega un rol determinante en los tiempos de ejecución. El oficialismo provincial apuesta a que los avances de estas obras monumentales sean tangibles antes de las elecciones de abril del próximo año, utilizando la «revolución energética» como eje central de su discurso. No obstante, el desafío mayor sigue estando en los territorios clave como Bariloche, donde la atomización política y la compleja relación con el intendente Walter Cortés obligan al gobernador a recalibrar su estrategia electoral mientras los grandes caños comienzan a surcar la estepa rionegrina.

























