El 28 de enero de 1926, un grupo de vecinos se reunió en la casa de Cándido Azcona, en un valle del sudoeste de Río Negro, y firmó el acta de la primera Comisión de Fomento. Así nació El Bolsón. No hubo fundador, ni adelantado, ni explorador con bandera. Eran campesinos, comerciantes libaneses y un maestro sanjuanino, Pedro Pascual Ponce, que fue elegido como presidente de la comisión. ¿El motivo? La necesidad concreta de organizarse después de décadas de asentamientos dispersos entre los ríos Azul y Quemquemtreu.
Cien años después, la localidad que debe su nombre a la forma de bolsa que generan los cordones montañosos del Piltriquitrón y el cerro Lindo sigue recibiendo visitantes. Los que sacan pasajes a El Bolsón llegan a un pueblo de unos 25 mil habitantes enclavado a 315 metros sobre el nivel del mar. Tiene un microclima que lo diferencia del resto de la Patagonia andina. Es más templado, más seco y la misma geografía que le da nombre es la que lo protege del viento.
Su historia temprana es un mosaico de orígenes. Los primeros en instalarse fueron agricultores chilenos que cruzaron por el paso Cochamó alrededor de 1883. En 1903 llegó una segunda oleada, esta vez de argentinos de distintas provincias. Y en los años 30, cuando el ingeniero Alberto Pagano trazó el plano de calles y edificios públicos, trajo mano de obra ucraniana, polaca, rusa, croata e italiana. Muchos de estos trabajadores venían de trabajar en la obra del ferrocarril entre Jacobacci y Bariloche y se quedaron.
Después llegaron los árabes con sus almacenes de ramos generales, los boliches ubicados en los cruces de caminos, las primeras escuelas. Otto Tipp, un vecino cervecero, izaba una bandera blanca cada vez que los barriles estaban listos. Su casona fue sede de reuniones que marcaron la organización del pueblo, incluida la célebre declaración simbólica de la «República de El Bolsón».
En los años 60 y 70, una migración diferente redefinió la identidad del lugar. Muchos jóvenes de las grandes ciudades buscaban vida comunitaria, trabajo artesanal y autosuficiencia. Esa impronta hippie dejó marca permanente. La Feria Regional de Artesanos, que hoy funciona cuatro días a la semana en la Plaza Pagano, es heredera directa de esa época.
El centenario de este año no fue un acto protocolar y nada más. El municipio armó una Comisión Organizadora que trabajó durante meses con subcomisiones vecinales. Hubo vigilia, desfile criollo, reconocimiento a 46 vecinos y pobladores históricos, inauguración de un Monumento al Centenario y la creación de una bandera propia con abanderados designados por un año.
También se recuperó el Camino de los Pioneros, la primera vía de circulación del valle. Por ahí transitaban arrieros, estafeteros y familias a caballo o en carro durante el siglo XIX. Las chacras trigueras, molinos harineros y puntos de descanso que la bordeaban son las que le dieron forma a la vida comunitaria original.
Entre las novedades que dejó el año del centenario está el Circuito Astronómico. Es un sendero con cartelería y códigos QR para leer la información sobre planetas, estrellas y constelaciones. Se puede recorrer de día o de noche, aprovechando el cielo limpio de la Comarca Andina.
En febrero, la 48° Fiesta Nacional del Lúpulo reunió a miles de personas durante cuatro noches con entrada libre y gratuita, en una edición que volvió después de la suspensión de 2025 y que coincidió con el centenario. El gobernador Weretilneck y Pogliano cortaron la torta en la vigilia, a la medianoche, mientras sonaba música en vivo.
El Bolsón está a 120 kilómetros de distancia de Bariloche por la Ruta 40. Es un valle fértil que produce lúpulo, fruta fina y cerveza artesanal, y tiene 60 esculturas talladas en troncos de lengas quemadas a 1400 metros de altura en el cerro Piltriquitrón.

























