A solo días del acto electoral más urgente para el oficialismo —las elecciones en la provincia de Buenos Aires, agendadas para el domingo 7 de septiembre— el gobierno de Javier Milei enfrenta lo que algunos analistas describen como su “peor crisis en 21 meses”. Y todo ello en un contexto marcado por un escándalo que supera lo económico para alcanzar el núcleo político y simbólico de la familia presidencial.
El hecho detonante fueron las filtraciones de audios atribuidos a Diego Spagnuolo, hasta hace poco funcionario de alto rango en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) y cercano colaborador de Milei. En las supuestas grabaciones, Spagnuolo describe un sistema de sobornos millonarios a cargo de Karina Milei y su operador, Eduardo «Lule» Menem, denuncias que lo involucrarían directamente en las irregularidades que él advirtió al presidente, sin que éste tomara acciones efectivas para frenarlo.
La gravedad del hecho —que alcanza directamente al círculo más íntimo del poder presidencial— no solo reabre heridas ideológicas en un gobierno que había prometido purgar la corrupción. También eje central del mensaje moral que impulsó la campaña millista, de fuerte sesgo anti-“casta”.
Desde el entorno oficial, la respuesta pública de Milei fue categórica: «todo es mentira». Aun así, se ordenaron despidos inmediatos de Spagnuolo y de Garbellini, otro de los señalados. La Justicia federal, por su parte, ya inició investigaciones formales: se realizaron allanamientos y se secuestraron dispositivos y documentos claves para la causa.
Este escándalo genera una doble presión: por un lado, puede erosionar el voto duro histórico de Milei; por otro, pone a prueba la estrategia del oficialismo en clave electoral inmediata. Algunas miradas sostienen que la economía —principal bandera del gobierno tras haber logrado una baja significativa de la inflación— podría amortiguar el impacto del escándalo. Sin embargo, si tras las elecciones de octubre no se observa una reactivación productiva clara, la tolerancia social a estas denuncias podría descender abruptamente.
En ese escenario, el margen de maniobra del gobierno se achica cada vez más. Este momento, decisivo y crítico, marcará un antes y un después en el rumbo político argentino, poniendo en tensión el vínculo entre lo simbólico y lo institucional dentro del poder mileista.
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