Las imágenes que circularon en las últimas horas en la zona norte de General Roca no solo son violentas; son desoladoras. En el video se observa a un grupo de menores de edad arrojando piedras contra una propiedad y, acto seguido, increpando e invitando a pelear a un vecino que se encontraba refugiado en su casa. Lo que podría leerse como un «problema de vecindad» o un conflicto familiar que escaló, es en realidad el síntoma de una enfermedad mucho más profunda que atraviesa a nuestra sociedad. VER VIDEO
En momentos donde la agenda pública nacional discute la baja de la edad de imputabilidad, estas imágenes parecen dar un golpe de realidad sobre la mesa. Sin embargo, el debate legal corre por detrás de una degradación cultural que parece no tener freno. La pregunta que surge al ver a chicos que no superan la adolescencia manejarse con tal nivel de impunidad es: ¿Dónde están los adultos?
La casa, la primera escuela de la violencia
Se dice con frecuencia que «la educación empieza en casa», pero ¿qué sucede cuando en esos hogares la ley que impera es la de la fuerza? Argentina enfrenta un problema complejo: la naturalización de la delincuencia. Ya no se trata solo de marginalidad económica, sino de una estructura de valores invertida donde el respeto por el otro ha sido reemplazado por el «aguante» y la prepotencia.
Esta «cultura de la delincuencia» no germina en el vacío. Se ve alimentada y legitimada por una industria cultural —desde ciertos sectores de la música urbana hasta redes sociales— que romántica el delito, el consumo de sustancias y el desprecio por la autoridad. Ser «transa» o «delincuente» se presenta en las canciones como un estatus de éxito, y ese mensaje permea directamente en los sectores más vulnerables, donde los referentes positivos escasean.
Estado, clientelismo y la deuda educativa
El panorama se completa con una clase política que, durante décadas, ha preferido el parche del clientelismo antes que las reformas profundas. Es más sencillo administrar la pobreza que erradicarla a través de una educación de calidad que exija resultados y forme ciudadanos. En el Alto Valle, como en tantos otros puntos del país, los barrios periféricos suelen ser noticia por la violencia antes que por el progreso, y esto es el resultado directo de años de ausencia estatal inteligente.
A las sociedades las integran personas, y la calidad de esas personas depende directamente de su formación ética y educativa. Cuando el Estado se retira y la familia claudica en su rol de poner límites, el vacío lo ocupa la calle.
Un espejo que nos devuelve una imagen incómoda
Somos partícipes de la sociedad que tenemos. No podemos indignarnos por la inseguridad si, como comunidad, permitimos que la violencia sea el lenguaje cotidiano de las nuevas generaciones. Lo que ocurrió en la zona norte de Roca es un espejo: nos muestra a menores que no le temen a las consecuencias porque, probablemente, nunca las conocieron.
Si no somos capaces de dar una discusión honesta sobre la responsabilidad parental, el contenido cultural que consumen nuestros jóvenes y el fracaso de un modelo político que se sirve de la exclusión en lugar de combatirla, los piedrazos de hoy serán las balas de mañana. La sociedad que tenemos es la que estamos dispuestos a tolerar; quizás sea hora de dejar de mirar para otro lado.
























