Tragedia en la “Zona T”: la muerte de Jairo expone el nefasto entramado de las picadas clandestinas

Un joven de 19 años murió desangrado en la Ruta 22 tras chocar en una carrera ilegal en Guerrico. El horror del “Domingrau”, la cobardía de los grupos que borraron sus huellas en redes y el cinismo de un entorno que trata la vida como un desecho.

La muerte de Jairo, un joven de apenas 19 años, no fue un accidente. Fue el resultado previsible de una maquinaria clandestina que todos los fines de semana recluta jóvenes en el Alto Valle, los expone a la muerte en nombre de la adrenalina y, cuando la tragedia ocurre, los abandona a su suerte. El fatal siniestro vial ocurrido este domingo por la tarde en el ingreso a Guerrico ya no puede ser leído como un hecho aislado: es una alarmante radiografía de la impunidad con la que operan los grupos organizadores de picadas ilegales.

Todo sucedió alrededor de las 19 horas en la intersección de la Ruta Nacional 22 y la calle Namuncurá. Jairo conducía su motocicleta Honda Twister roja participando de una carrera ilegal cuando impactó de manera violenta contra una camioneta Volkswagen Tiguan. El golpe fue letal. El joven quedó tendido sobre el asfalto sufriendo heridas severas que le provocaron la muerte casi en el acto. Pero lo que vino inmediatamente después del choque no solo estremece, sino que desnuda la absoluta degradación moral de quienes fomentan estos eventos.

La trampa del “Domingrau” y el mito de la “Zona T”

Para las autoridades y los vecinos de la zona, el cruce de Ruta 22 y Namuncurá ya es una zona roja perfectamente identificada. En la jerga de los motociclistas clandestinos se la conoce popularmente como “La T”, el epicentro indiscutido del “Domingrau”.

El «Domingrau» no es un encuentro espontáneo; es un evento clandestino de picadas de motos que se organiza de manera sistemática a través de las redes sociales. Grupos cerrados convocan a decenas de jóvenes de distintas localidades del Alto Valle, transformando una ruta nacional en una pista de carreras mortal, sin ningún tipo de medida de seguridad, ambulancias ni controles. Es una ruleta rusa sobre dos ruedas tolerada por un entorno que mira para otro lado hasta que la sangre llega al asfalto.

«Lo dejaron tirado como a un perro»: la cobardía de los organizadores

La reconstrucción posterior al choque de Jairo es indignante. Testigos directos del hecho denunciaron que, apenas se produjo la colisión y se vio la gravedad de la situación, el pánico se apoderó de los organizadores del evento —entre quienes se señala a una mujer como la principal responsable del circuito—.

En lugar de asistir al joven, llamar a emergencias o aplicar primeros auxilios, la decisión del grupo fue huir masivamente del lugar. Jairo quedó completamente solo, desangrándose sobre el pavimento mientras quienes minutos antes lo arengaban a acelerar escapaban para no ser vinculados por la Policía.

«Dejaron a los pibes tirados como perros cuando las cosas salieron mal», denunciaron con furia los allegados a la víctima en el lugar.

Sin empatía: «Mi chata wacho»

La indignación social sumó un nuevo y aberrante capítulo al conocerse el accionar del conductor de la Volkswagen Tiguan. Según denunciaron los amigos de Jairo, existen fuertes indicios de que el automovilista no era un tercero ajeno que pasaba casualmente por la ruta, sino que formaba parte del mismo entorno del evento y habría consumido alcohol antes del violento impacto.

Lejos de mostrar remordimiento o respeto ante la pérdida de una vida, el dueño del rodado mayor utilizó sus redes sociales para publicar una fotografía del frente destruido de su camioneta, acompañada por la frase:

«Mi chata wacho»

Un nivel de cinismo y desconexión humana que demuestra que, para estos grupos, el valor de los fierros y la estética de las redes sociales cotiza muy por encima de la vida de un chico de 19 años.

Guerrico como punto de inflexión

Las pericias accidentológicas y la investigación de la Fiscalía determinarán las responsabilidades penales de este homicidio. Sin embargo, la condena social debe ir más allá del conductor. Es hora de combatir la cultura del «Domingrau», de perseguir penalmente a los administradores de los grupos como «Locxs por las motos» que actúan como instigadores, y de entender que las picadas clandestinas en «La T» no son un juego de adolescentes: son un practica peligrosa e ilegal que se alimenta de la inconsciencia.

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