En el escenario político actual, la transparencia se ha vuelto un bien escaso. Cuando se acercan los tiempos electorales los políticos se someten a un meticuloso proceso de «maquillaje» ideológico: suavizan sus discursos, moderan sus perfiles y se disfrazan de opciones de centro con el único objetivo de acaparar votos de sectores que, en condiciones normales, jamás los elegirían. Por eso, para el electorado, el único antídoto contra el engaño es la memoria.
Hace pocos días se conoció el lanzamiento de María Emilia Soria en su carrera por la gobernación de Río Negro. En un intento por acrecentar su figura y romper el aislamiento de General Roca, la intendente ensaya una estrategia de expansión territorial y ya anunció que su proyecto será acompañado por un candidato de San Carlos de Bariloche.
Con este armado, Soria intenta vender una imagen renovada, alejada de las estructuras tradicionales, en otras palabras: intenta esconder que es Kirchnerista. Bajo el cómodo eslogan de que ella «no encabeza partidos, sino ideas», busca seducir al votante medio rionegrino. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Cuáles son, de verdad, esas ideas que defiende?

Para entender la verdadera matriz ideológica de Soria, hay que descorrer el velo del presente y viajar al 23 de noviembre de 2016. Ese día, la Cámara de Diputados de la Nación debatió una de las reformas penales más solicitadas por la sociedad: el Orden del Día N° 924, destinado a modificar la Ley 24.660 de Ejecución de la Pena Privativa de la Libertad. (La votación puede ser constatada en las fuentes: votaciones.hcdn.gob.ar, ingresando la fecha 23/11/2016 y la Orden del Día N° 924)
El corazón de esa normativa era claro y contundente: eliminar los beneficios de salidas transitorias, semilibertad y libertad condicional para los condenados por delitos graves, garantizando la cárcel efectiva para los violadores. Cuando llegó el momento de apretar el botón, las caretas cayeron. Tal como lo demuestran los registros oficiales del Congreso, María Emilia Soria votó en NEGATIVO. Se opuso a endurecer las penas y defendió la continuidad de las «puertas giratorias» para los delincuentes sexuales, votando en estricta sintonía con el ala más dogmática del kirchnerismo y los bloques de la izquierda radical.

Este antecedente legislativo muestra “con cara limpia” de donde viene María Emilia Soria, su pasado no fue solamente sacarse una foto con Alberto Fernández, sino una ardua militancia Kirchnerista, y un coqueteo con las ideas de izquierda que desapareció hace demasiado poco como para poder disimularlo.
Mientras en sus redes sociales y actos públicos habla de derechos humanos, de la crueldad del gobierno con los jubilados, se autoproclama feminista, y tantos etcétera más, su firma en el Congreso demuestra todo lo contrario. A la hora de la verdad, prefirió amparar el garantismo judicial extremo antes que proteger los derechos de las víctimas reales.
La sociedad se indigna con el sistema y se entristece cuando un caso, de los que ya nos acostumbramos a ver en medios nacionales, azota nuestros hogares y nos estremece el corazón. Todos estamos de acuerdo cuando escuchamos las historias que ocurren en nuestro país, como el sistema llega tarde, como las leyes amparan a los delincuentes. Pero es imperativo recordar quiénes fueron los arquitectos de las leyes que hoy sufrimos. Soria formó parte del engranaje político que legisló a favor de los privilegios de los criminales.

Con una provincia que demanda orden y previsibilidad, la intendente pretende proyectar su modelo local al territorio rionegrino, omitiendo un detalle financiero insoslayable: pretende gobernar Río Negro habiendo dejado las cuentas públicas de General Roca en negativo.
Garantismo penal para los violadores, cuentas en rojo en su propio municipio y un discurso de centro que se cae a pedazos. Esas son las verdaderas «ideas» que María Emilia Soria esconde detrás de un video caudillesco arriba de un pobre caballo.


























