En el complejo ajedrez político de Río Negro, hay un jugador que se niega a vestir cualquier camiseta y prefiere sembrar la duda. Walter Cortés, el hombre que maneja los destinos de la codiciada Bariloche, ha decidido levantar un muro alrededor de su gestión y lanzar un mensaje que incomoda a más de uno en los despachos del poder: no pertenece a nadie, no se arrodilla ante nadie y, por ahora, mira a todos los bandos desde la cima de la cordillera con una mezcla de desdén y astucia.
A pesar de los recurrentes abrazos de ocasión y los sutiles coqueteos con el gobernador Alberto Weretilneck, quien camina la ciudad andina casi como si fuera su propio patio, Cortés enfrió los ánimos de quienes ya lo anotaban en las filas del oficialismo provincial. En una provocativa reaparición mediática, el jefe comunal dejó en claro que no se siente representado por Juntos Somos Río Negro, pero tampoco por el peronismo de María Emilia Soria ni por la franquicia local de Javier Milei. Mientras muchos ya se desvelan pensando en el 2027, él prefiere jugar la carta de la indiferencia: asegura no tener ambiciones de mudarse a Viedma ni al Congreso, disparando munición gruesa contra aquellos que «quieren ser gobernadores o senadores y no hicieron nada en sus propios pueblos».
Detrás de su supuesta neutralidad, Cortés esconde un reclamo que suena a advertencia. La cordialidad con la provincia tiene un límite, y ese límite es puramente económico. Con una dosis de picardía y reclamo, el intendente sugirió que el amor del Gobierno provincial está mal distribuido, deslizando que los ojos (y los fondos) de Viedma miran con demasiado cariño hacia Cipolletti, dejando a la joya turística de la provincia en un segundo plano.
La metáfora del vacío: «Bariloche es la ciudad más grande, tiene una actividad distinta y necesita más recursos», disparó el jefe comunal, antes de rematar con una frase que destila fastidio: «Cuando todos los días te reclaman cosas, metés la mano en la bolsa y encontrás pelusas, empezás a sentir bronca».
Tampoco se salvaron de su lengua filosa los sectores locales encandilados con la narrativa de la Casa Rosada. Con ironía, Cortés invitó a los «enamorados de Milei» a despertarse del romance y ver la realidad de las cuentas municipales, denunciando que desde el Gobierno nacional no llega absolutamente nada de asistencia. Para el intendente, el idilio libertario es una fantasía que choca de frente con el frío de las rutas sin mantener y las arcas vacías.
Para demostrar quién manda en el territorio, Cortés confirmó que este año avanzará sin titubeos con la convocatoria a elecciones para convencionales constituyentes con el fin de reformar la Carta Orgánica municipal. Es su juego, con sus reglas. Sin embargo, en un movimiento que busca blindar su feudo de cualquier interferencia externa, aclaró que hay un artículo que es sagrado y no se toca: la fecha de votación local.
Bariloche seguirá votando el primer domingo de septiembre de 2027, bien lejos y despejada de los calendarios provinciales y nacionales. Es la jugada perfecta de un equilibrista que sabe que su poder reside en mantener a la ciudad aislada de las olas políticas que sacuden al resto del país. Walter Cortés prefiere seguir siendo el soltero más codiciado del invierno rionegrino; una figura indescifrable que se deja rodear, pero que a la hora de la verdad, se blinda en su propio territorio y deja a todos con la intriga de saber hacia dónde pateará el tablero.
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