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Todo lo que dejó la Asamblea Legislativa

La escena fue elocuente antes de que empezara el discurso. El tuit de Patricia Bullrich con una bandera de La Cámpora, pero con la foto del Presidente en lugar de la de Néstor Kirchner anticipaba que la apertura de sesiones no sería un templo republicano, sino algo mas parecido a un estadio de futbol. El domingo, en el Congreso, Javier Milei confirmó que la confrontación no es un recurso ocasional sino un método.

Fue la tercera vez que inauguró el período ordinario desde que llegó a la Casa Rosada y eligió hacerlo bajo una lógica de polarización explícita con el peronismo. El recinto ofrecía una postal conocida: cánticos desde los palcos, aplausos coordinados, ovaciones al Presidente. Una liturgia que remitía a las aperturas de Cristina Kirchner, cuando La Cámpora monopolizaba la escenografía. Pero esta vez el tono subió varios decibeles. Nadie recuerda un nivel de agresión verbal similar de un mandatario hacia la oposición en una Asamblea Legislativa.

“Manga de ladrones”, gritó Milei hacia la bancada de Unión por la Patria. Enumeró causas judiciales, habló de prisión y desde los palcos bajó el “¡Tobillera, tobillera!”. La escena fue áspera incluso para un Congreso acostumbrado a la fricción. Los senadores que responden a José Mayans directamente no estuvieron; los diputados peronistas se quedaron y, salvo contadas excepciones, respondieron a los gritos.

La Izquierda también cobró. A Myriam Bregman la interpeló con ironías; a un legislador que lo llamó “fascista” le retrucó con un “andá a estudiar”. El tono fue muy similar que al de la redes sociales trasladado al hemiciclo. Juan Grabois desplegó carteles escritos a mano —“$Líbranos del mal”, “Cumplí con la ley de universidades”— y preguntó por José Luis Espert, al igual que Nicolás del Caño. En un momento, el Presidente lo calificó como “oligarca disfrazado de pordiosero”. La teatralidad en ese caso fue reciproca: gestos, carteles, consignas. La política convertida en performance.

Mientras tanto, los aliados miraban. Acompañaron con aplausos esporádicos cuando el Presidente mencionaba logros de gestión, pero sin el fervor libertario. Entre los gobernadores presentes —diez de veinticuatro— predominó la incomodidad. La escena parecía hablarle más a los palcos que a las bancas.

La tensión tuvo derivaciones politicas. El jefe del bloque de Unión por la Patria, Germán Martínez, se levantó para reprocharle a Martín Menem el nivel de agresión del discurso. Según había prometido el riojano en la previa, el Presidente estaría “enfocado”, confrontando gestión con gestión, sin insultos. La realidad fue otra. Tres senadoras —Alejandra Vigo, Julieta Corroza y Natalia Gadano— se levantaron y se fueron. Vigo habló de agravio e intolerancia. Juan Schiaretti, en cambio, permaneció hasta el final invocando la responsabilidad institucional. Dos posturas ante la misma escena.

Los 10 Gobernadores presentes

En medio del show, los anuncios quedaron casi como un apéndice. Milei informó que cada ministerio preparó diez paquetes de reformas estructurales: unas noventa iniciativas. Mencionó reformas del Código Civil y Comercial y del Código Penal; más desregulación; reforma impositiva; apertura económica y acuerdos comerciales, incluida la ratificación del convenio con Estados Unidos. También habló de cambios en el Código Aduanero, marcos regulatorios para productos primarios, una nueva Ley de Semillas y una reforma electoral para insistir con la eliminación de las PASO y del aporte estatal a los partidos. Mucho volumen, pocos detalles.

La jornada dejó también sus gestos internos. El Presidente elogió a casi todos sus ministros, pero omitió a Diego Santilli, señalado como clave para reunir votos en la Reforma Laboral. En el extremo opuesto, multiplicó los guiños hacia Bullrich, con pulgares arriba y abrazo incluido. En política, los silencios también hablan.

Hasta los periodistas tuvieron su capítulo: relegados a la segunda bandeja del recinto, lejos del palco histórico sobre el estrado. El “gallinero”, lo llamaron con ironía. Desde allí contaron lo que la transmisión oficial no mostró.

El discurso duró una hora y cuarenta y cinco minutos. No fue récord —ese sigue en manos de Cristina Kirchner, con casi cuatro horas en 2013— ni el más breve —marca que conserva Mauricio Macri en 2018—. Pero difícilmente pase inadvertido. Si algo quedó claro es que el oficialismo no piensa bajar el tono. El año legislativo arranca con noventa reformas en carpeta y un clima que, por ahora, parece más de trinchera que de comisión.

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