Mirar la política de Río Negro exige, casi siempre, descorrer el velo de la retórica bienpensante para observar la descarnada lucha por la caja y el territorio. El último movimiento en este tablero no llega en forma de clásica pintada partidaria, sino a través de un filoso documento doctrinario firmado por Agustín Domingo. El exministro de Economía de la provincia y cuadro técnico de Juntos Somos Río Negro ha lanzado una estocada directa contra uno de los tótems del poder andino: la Cooperativa de Electricidad de Bariloche (CEB). Sin embargo, en el laboratorio político de Viedma, todos saben que cuando un economista de ese fuste habla de tarifas, en realidad está discutiendo poder; y cuando impugna un monopolio, está desafiando la pax romana que el gobernador Alberto Weretilneck mantiene con el poder local.
La superficie del planteo de Domingo es impecable desde la lógica del libre mercado. El exministro desnuda lo que denomina la «hipocresía colectivista»: cómo una figura nacida bajo el aura de la economía social y la justicia comunitaria termina mutando en una burocracia gerencial, blindada por privilegios fiscales y un mercado cautivo. Bariloche y Dina Huapi, señala con números en la mano, pagan una tarifa eléctrica sustancialmente más cara que el resto de la provincia, atendida por la privada EdERSA, a pesar de tener una densidad urbana que debería abaratar los costos. El cóctel se completa con cortes crónicos de energía, derivación de fondos a negocios satélites como el cable e internet, sueldos VIP y excursiones gerenciales a China que irritan al usuario de a pie. El diagnóstico de Domingo es quirúrgico: la CEB se convirtió en un capitalismo de amigos disfrazado de cooperativa que utiliza las facturas de luz para financiar su propia endogamia.
Pero el verdadero interés de esta pieza no es regulatorio, sino estrictamente político. Al fijar el vencimiento de la concesión en febrero de 2027 como la «ventana histórica» para abrir el juego a la licitación privada, Domingo está encendiendo una mecha debajo de los sillones del Centro Cívico barilochense. El exministro busca instalarse como la opción de recambio en una ciudad históricamente refractaria a los liderazgos delegados desde Viedma, y para eso elige un enemigo perfecto: la corporación eléctrica que todos los vecinos sufren mes a mes. Es una jugada audaz, pero que encierra un dilema incómodo para la cúpula de su propio partido.
Aquí es donde la trama se vuelve verdaderamente sutil. Alberto Weretilneck ha edificado su hegemonía provincial sobre una arquitectura de acuerdos pragmáticos y transversales, manteniéndose sumamente cerca del actual intendente de Bariloche y garantizar la estabilidad de un ecosistema donde las cooperativas y los sindicatos juegan un rol de contención indispensable. El gobernador prefiere la previsibilidad del statu quo antes que las revoluciones de mercado. Por eso, la ofensiva de Domingo funciona como un elemento disruptivo: obliga al oficialismo provincial a elegir entre defender un modelo cooperativo crujiente (pero aliado) o subirse a la ola de modernización y libre competencia que hoy sintoniza con el clima de época nacional. Domingo ha decidido romper el libreto de la prudencia partidaria; la duda que recorre los pasillos del poder rionegrino es si lo hace con el guiño silencioso de un sector del gobierno o si se trata de una rebelión individual de quien ya decidió que, para ganar Bariloche, primero hay que incomodar a los propios.
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