El exintendente cipoleño consiguió una banca en la Cámara de Diputados de la Nación encabezando la lista de La Libertad Avanza, mientras que Martín Soria se impuso en la categoría de senadores nacionales, consolidando el peso de su familia en el justicialismo rionegrino. Dos victorias, dos lecturas: una de estructura, otra de ego.
En las horas posteriores a la elección, Tortoriello brindó declaraciones que resultan elocuentes. En su intento por explicar la diferencia de votos entre el tramo de diputados —que él encabezó— y el de senadores —que no lideraba—, afirmó que esa brecha se debía “claramente a la influencia de una figura como la mía”. No habló del proyecto, ni del equipo, ni siquiera del fenómeno Milei al que reconoce tangencialmente como “el gran ganador nacional”. Habló de sí mismo.
“Mi figura”, repitió con la naturalidad de quien cree que la política es un espejo donde mirarse, no un espacio donde servir. La expresión recuerda inevitablemente al Maradona que hablaba de “Maradona”, esa tercera persona que servía para explicar sus hazañas y justificar sus excesos. Solo que aquí no hay gambetas ni goles imposibles, sino votos que Tortoriello interpreta como un acto de fe personal.
Ese modo de entender la representación política —como una extensión del yo— dice mucho sobre el tiempo que vivimos. La egolatría disfrazada de liderazgo, el narcisismo como motor electoral, el “yo hice, yo conseguí, yo represento” que reemplaza al “nosotros”. En ese reflejo, el dirigente se convierte en su propio relato, y el ciudadano, en un espectador que aplaude o silba, pero ya no participa.
Mientras tanto, Soria vuelve al Senado con el respaldo de una estructura que sobrevive a los vaivenes nacionales. Tortoriello, en cambio, celebra su victoria como una gesta personal. “Mi figura”, dice, y acaso crea que con eso alcanza.
Pero ante la manifiesta intención de proyectarse hacia la gobernación, deberá decir —y demostrar— con quién piensa construir ese camino. Porque es evidente que solo con “su figura” no le alcanzará. La política, al final del día, no premia los espejos, sino los puentes. El día que todos hablemos de nosotros mismos en tercera persona, la República entera habrá pasado a ser un monólogo.

























