Una verdadera jornada de furia y descontrol se vivió en la localidad de Río Colorado. Lo que comenzó como un hecho delictivo común derivó en una masiva e inédita pueblada, cuando centenares de vecinos se autoconvocaron de manera espontánea con un único objetivo: hacer justicia por mano propia. La comunidad, arrastrada por un profundo hartazgo ante la ola de inseguridad y la inacción judicial, cercó por completo a los sospechosos y estuvo a punto de lincharlos.
El escenario del conflicto fue un comercio ubicado en la intersección de las calles Rodríguez Peña y Primera Junta. Allí, dos hombres con amplios antecedentes policiales cometieron un violento atraco. Al verse acorralados por los propios habitantes de la zona que advirtieron la situación, los malvivientes no tuvieron más opción que buscar refugio y atrincherarse dentro del local comercial para salvar sus vidas.
El estallido del hartazgo social
La noticia del robo se corrió rápidamente por el pueblo y encendió la mecha de un reclamo que lleva meses latente. En cuestión de minutos, una muchedumbre de más de 200 personas rodeó el negocio. El clima se volvió hostil y el aire irrespirable. Los manifestantes, visiblemente alterados, comenzaron a exigir a los gritos que los delincuentes «salieran a dar la cara».
Según datos recabados por LMCipolletti.com, la indignación colectiva no se limitaba al robo del momento. Trascendió que ambos sospechosos estarían directamente vinculados a un salvaje ataque previo contra un joven de la localidad. Los vecinos denunciaron con furia la existencia de una «puerta giratoria» judicial: los involucrados arrastran reiteradas detenciones y liberaciones, volviendo siempre a las calles para delinquir en los mismos barrios.
La tensión escaló a niveles críticos cuando un grupo de manifestantes comenzó a apedrear el comercio y a empujar con violencia las aberturas, logrando provocar serios daños materiales en el portón de ingreso con la firme intención de ingresar a buscar a los atrincherados.
Negociación y una salida bajo una lluvia de piedras e insultos
Ante el peligro inminente de una tragedia, se desplegó un imponente operativo de seguridad que incluyó cinco patrulleros, motocicletas policiales y la presencia del fiscal Daniel Zornitta, quien se encargó de supervisar las actuaciones y mediar en el conflicto.
Tras tensas negociaciones entre las autoridades y los ocupantes del local, el personal policial logró reducir a los sujetos y sacarlos del establecimiento. La salida fue caótica: en medio de un cordón policial, una lluvia de insultos, reproches y empujones por parte de los allegados de las víctimas y vecinos enfurecidos, los hombres fueron subidos a la caja de una camioneta oficial.
El vehículo debió acelerar rápidamente entre la multitud para resguardar la integridad de los detenidos y trasladarlos hacia la comisaría local, dejando atrás una cuadra sumida en el caos y a un pueblo que exige respuestas urgentes de fondo.

























