Para entender la naturaleza profunda del experimento político que lidera Javier Milei, suele ser un error mirar únicamente las luces del escenario porteño. El verdadero mapa de la reconfiguración del poder en la Argentina se está dibujando en el subsuelo de las provincias. Lo que acaba de ocurrir en Río Negro con la formalización del pase de la legisladora Martina Lacour a las filas de La Libertad Avanza, bajo el ala del senador Enzo Fullone, es un caso de manual. No estamos ante un simple salto de bancada; estamos ante un fenómeno de la absorción que el oficialismo nacional está operando sobre las estructuras huérfanas de Juntos por el Cambio.
El movimiento de Lacour contiene una primera lectura de estricta supervivencia táctica. La legisladora barilochense venía ensayando una pulseada interna de altísima tensión por el control del PRO provincial, desafiando el liderazgo de Juan Martin, un dirigente de extrema confianza de Patricia Bullrich y actual custodio del sello amarillo en el distrito. Cuando Lacour comprendió que la disputa por la lapicera del PRO se volvía un juego de suma cero contra una estructura institucionalizada, prefirió cambiar de juego.
Sin embargo, el dato más sugerente de este temblor político no es el destino de la legisladora, sino la consolidación de su nuevo jefe político. Enzo Fullone está construyendo la franquicia rionegrina del oficialismo con una voracidad metódica. La incorporación de Lacour se suma a la captura, apenas semanas atrás, de Claudio Doctorovich (ex Cambia Río Negro). Fullone no busca una coalición de gobierno con sus antiguos socios; ejecuta una absorción por goteo. Al quedarse con Lacour, el senador no solo engrosa su capital en la Legislatura de Viedma, sino que clava una pica en el territorio más codiciado y esquivo del padrón provincial: San Carlos de Bariloche.
Este avance sistemático de Fullone produce, por carácter transitivo, una víctima colateral cuyo eclipse político parece acelerarse: Aníbal Tortoriello. El exintendente de Cipolletti, que supo ser el eje vertebrador y el candidato natural de todo el arco antiperonista en la provincia, asiste hoy a un proceso de sutil pero irreversible aislamiento.
La centralidad que Tortoriello ostentaba se ha diluido porque el flujo del poder cambió de dirección. En la nueva Alquimia oficialista, los votos ya no pertenecen a los caciques territoriales de la centroderecha, sino al portador de la marca «Milei». Al consolidarse Fullone como el interlocutor unívoco de Balcarce 50 en la provincia, Tortoriello queda retenido en una categoría incómoda: la de un dirigente con pasado, pero sin las llaves del nuevo dispositivo de poder.
La provincia de Río Negro funciona así como un espejo anticipado de la política argentina que viene: un PRO fragmentado entre la resistencia de sus conducciones orgánicas y la tentación del exilio de sus cuadros; un liderazgo tradicional que se apaga; y una nueva hegemonía libertaria que, lejos de la improvisación que se le adjudica, se edifica con el pragmatismo de la vieja política territorial.

























